Se trata de partir de un hecho primario, comprobable por todos, con lo que tal vez podríamos acceder a nuestra primera aseveración en un tema que no se caracterizará por ellas, dado que las elude constantemente: el peronismo perdura pero quienes se encuadran bajo su rótulo o quienes se deciden a apoyarlo varían según las diversas coyunturas históricas. Se han acercado al peronismo o han trabado exelentes relaciones con él personas o sectores políticos o económicos que escasamente se han arrogado tal condición.
Tomemos dos "abrazos históricos".Perón-Balbín
El dirigente radical Ricardo Balbín se abraza con Perón en 1972. Balbín fue un porfiado antiperonista a lo largo de su vida. Va a ver a Perón. Perón está en la residencia de Gaspar Campos. Al ser difícil el acceso, Balbín se encuentra ante la necesidad de "saltar" un muro. Lo hace. Luego se abraza con Perón. Tenemos dos acercamientos de Balbín a Perón: el "salto" del muro y el abrazo. Luego, muerto Perón, dice un discurso que él pretende sea "para la historia" y -aunque la historicidad de ese momento es de una densidad y un desbocamiento dramáticos, sofocantes- lo es. En el discurso Balbín dice: "Este viejo adversario hoy despide a un amigo". Si algo no es Balbín aquí es lo que fue toda su vida: un antiperonista. Pareciera jugar dentro del campo del peronismo. Sin duda, contribuye a su perdurabilidad, a su capacidad inagotable de sumar, que es parte sustancial de su obstinación en la "patria de los argentinos" como solía decir ese líder radical.
Menem-Rojas
El otro abrazo fue durante la "fiesta" menemista. Alianza entre el peronismo y el establishment empresarial y financiero y las corporaciones trasnacionales. Carlos Menem, en algún ágape de esos años de jolgorio, se encuentra con el Almirante Rojas, el inventor de la línea Mayo-Caseros, el más puro símbolo del gorilismo nacional, el que ordenó, junto con Aramburu, los fusilamientos del '56 y las masacres de
esa "operación" que narrará Rodolfo Walsh. El "Jefe" lo ve al Almirante y se le acerca con su sonrisa de plástico. El Almirante hace lo que siempre ha hecho: lo mejor para su clase social, la oligarquía, y el brazo vigoroso que la custodia, las Fuerzas Armadas. Se abraza con el peronista Menem. Ahí están, mírenlos: el masacrador del 16 de junio de 1955 y el caudillo del interior federal postergado, el caudillo riojano en que se encarna el otro, el que cantó Sarmiento, el feroz Facundo, el tigre de los llanos. Este tigre -sin embargo- se ha olvidado de los llanos. Se recortó las patillas. Se viste alla Versace. Gobierna para las clases altas, para el Fondo Monetario Internacional y hasta ha enviado un cascajo que flota a la Guerra del Golfo, una guerra de Estados Unidos pero que él hace suya dado que el gigante del Norte quiere relaciones cercanas, a las que llama "carnales". Algunos dicen que no es peronista. Usan, para desautorizarlo, un concepto inesperado pero que hace historia: "menemismo". El "menemista" Menem
no será peronista pero todo el peronismo lo respalda. Durante su gobierno, Ubaldini, el sindicalista que vivía haciéndole huegas a Alfonsín, pierde visibilidad; tanta, que casi se torna invisible. No: Menem es peronista. Y hace todo lo que no hizo Perón. O digámoslo con mayor propiedad: des-hace loq ue hizo Perón. Qué cosa el peronismo, caramba. Cómo diablos será posible entenderlo. El que mejor desperonizó el país (una obsesión que compartieron durante años la oligarquía y la izquierda revolucionaria o académica) fue un peronista. Y no uno que vino de arriba, de algún planeta exótico para hacer la tarea. No: un peronista de verdad. Con historia, militancia y discurso peronista. Carlos Menem, el político que desarmó sin prisa, sin pausa y sobre todo sin piedad el Estado de Bienestar que Perón había construído en 1943 y que ni los militares de la Seguridad Nacional habían logrado llevar a cenizas, era un peronista de larga historia, un caudillo de las más federal de las provincias, la de Facundo Quiroga, la de Ángel Vicente Peñaloza, La Rioja. Nada de esto impidió su abrazo con Rojas. Era más fuerte aquello que lo tornaba posible: un nuevo rostro del peronismo, un peronismo neoliberal, construído al calor de la caída del muro de Berlín, del triunfo global de la democracia neoliberal de mercado, de la hiperinflación alfonsinista, del golpe de mercado oligopólico y de una época que encarnó la "ética indolora" de la posmodernidad. Hasta posmoderno fué el neliberalismo. Luego de ser, como había sido, el símbolo de los valores de la modernidad en la Argentina. Estado fuerte, enfrentamiento de clases, inclusión social de las clases postergadas, nacionalismo, primacía de la industria sobre los productos primarios.Los dos abrazos exhiben la amplitud del peronismo. Esta "amplitud" ya había sido largamente ejercida y teorizada por el mismo Perón: "En el peronismo, en cuanto a ideología, tiene que haber de todo. Me dicen que Cooke era muy izquierdista. Pero también lo tuvimos a Remorino que era de derecha". El peronismo no es -entonces- una obstinación peronista. Es una obstinación argentina. Si la obstinación prosigue, si no se detiene, es porque todos la alimentan. Peronistas y no peronistas. No sólo los no peronistas que pactan con el peronismo o se le acercan en coyunturas en que "la patria lo reclama". Sino (y muy poderosamente) los antiperonistas. Estamos aquí ante un fenómeno marcadamente argentino. O sea, casi indescifrable: el peronismo ha sido una y muchas cosas más. Tal vez ya no sea nada. Tal vez la identidad peronista se haya disuelto en las borrascas de la historia que a partir de ella se han desatado. Lo que no desapareció fue el antiperonismo.
Antiperonismo
Antiperonistas hay por todas partes: sacan diarios prestigiosos, escriben concurridas columnas de opinión, publican libros, dan conferencias para empresarios, y hasta no falta quienes se sienten "mártires" o "líderes" de la prensa libre agredidos por el "peronismo". Incluso defienden a la "república" o a las "instituciones" que el "peronismo" agrede. Algo que ocurre porque -dicen- el gobierno es...peronista. Sin embargo, ese gobierno ha reducido a una expresión mínima los símbolos clásicos del justicialismo, las fotos de Perón, las de Evita o la ineludible entonación entusiasta de la marcha partidaria. Que sigue teniendo frases tan improbables como "combatiendo al capital" en un mundo en que nadie lo combate en ninguna parte. O afirma que la "Argentina grande con que San Martín soñó es la realiadd efectiva que debemos a Perón" cuando, en rigor, los "grasitas" de Evita y los "negritos" de Perón andan por las calles pidiendo limosna o acarreando cartones y el pueblo de la Capital Federal votó al hijo de un empresario (que si no es peronista lo puede ser en cualquier momento) para que los limpie del paisaje urbano, los arroje a la periferia y arrase con la villa, la 31, de la cual salen delincuentes y drogadictos para alterar la placidez de la metrópoli opulenta. En suma, los antiperonistas son más obstinados que los peronistas.
¿Qué es la obstinación?
Entre unos y otros dibujan esa modalidad de ánimo (una modalidad subjetiva) con que se presenta el peronismo en nuestra historia: la obstinación. Hagamos, pues, la pregunta: ¿Que es una obstinación?
La relevancia de la pregunta surge -en una instancia inicial- porque forma parte del título de este ensayo, que llama el peronismo "una obstinación argentina". Después se afirma en que nadie dudará acerca de la persistencia del fenómeno en nuestra historia: nace con el golpe militar del 4 de junio de 1943 y todavía sigue fuerte
y una mujer que proviene del riñón de su historia, de una de sus fecetas más tormentosas y castigadas (la izquierda de los '70), acaba de ganar unas elecciones que la llevarán a la presidencia del país. Ella no luce exesivamente peronista: dio un discurso plural el día en que ganó, se reunió con un periodista del diario del establishment y citó escasa o nulamente a Perón y a Evita. De hecho, la presidenta Cristina Fernandez pareciera haber elaborado mejor su relación con el peronismo que muchos antiperonistas, dado que en gran medida y no asombrosamente el peronismo vive más en el odio o el desdén o la obsesión de los antiperonistas que en la adhesión de los peronistas. Ocurre que en la mayoría de los antiperonistas, cuando se llega al fondo de ellos, al abismo de su repulsa, priva el odio al diferente encarnado en la figura del grasa, del pobre o del negro o del goncho. Y sus actuales manifestaciones: el piquetero, el villero, el pordiosero, los cartoneros y los chicos de la calle. Que, con el mero trámite de lanzarse a limpiar el parabrisas de los automóviles, arrojan al odio a sus conductores, al desborde y a la frase que la mayoría de la clase media de los centros urbanos destina al diferente cuando busca solucionar el problema que plantean a la serenidad, a la placidez, a la pulcritud de la polis: hay que matarlos a todos. En resumen, el antiperonismo es una obstinación argentina y esa obstinación alimenta al peronismo tanto (y a veces más) como él se aliementa a sí mismo.Enfoque metodológico
1_ El rol de las subjetividades en el análisis histórico
Es cierto que la palabra obstinación pareciera cargar con una cuota excesiva de subjetividad. Si uno dice que el peronismo es una obstinación argentina está diciendo otra cosa que si dice: el peronismo es una persistencia argentina. Se puede hablar de la persistencia de los hechos. Hablar de una obstinación introduce una direccionalidad subjetiva en el análisis. Con todo, hemos elegido la palabra "obstinación" (y trataremos de hacer de ella un concepto) y no la palabra "persistencia". Bien es cierto que el peronismo es una persistencia en nuestra historia. No lo es menos que establece continuidades. Pero nuestro propósito es deliberadamente humanista. La historia del peronismo (y toda la historia) es una historia hecha por los hombres. Bajo determinadas circunstancias, como pedía Marx. Pero nos resulta imposible no ver en la trama histórica del peronismo la acción de sujetos prácticos, de sujetos enfrentados, de sujetos constituídos por la historia y constituyentes de ella. Hay una sobredosis de humanismo en el peronismo.
2_ Aporte de Carl Schmmit
De aquí que nuestra posición acerca de la filosofía política del movimiento habrá de recurrir (no solamente, desde luego) a las posiciones de Carl Schmmit. Este genial teórico aleman -cuyos compromisos con el nacionalsocialismo nadie ignora- se pregunta, en uno de sus trabajos esenciales, por el "concepto de lo político", busca la especificidad de las categorías políticas, aquellos elementos por los cuales son "políticas" y no otra cosa. y escribe: "Pues bien, la distinción específica, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo"
(Carl Schmmit, El concepto de lo político. El libro es un derroche de inteligencia, sin duda recurriremos a él no bien sea necesario) Sobre esa Distinción esencial, que se expresa ya como contradicción o conflicto o antagonismo o guerra, elaboraremos nuestra filosofía política del peronismo. Pero buscaremos -en la definición de amigo y enemigo- la praxis que anima a cada uno de esos grupos. Los grupos están constituídos por sujetos. Los sujetos tienen subjetividades. Las subjetividades generan conceptos aptos para dar cuenta de ellas. Una persistencia de la historia nos revela algo que ocurre en la historia. Una obstinación nos revela algo más: algo que los hombres hacen. Los hechos no se obstinan. Los sujetos sí. Podríamos plantearlo de este modo: los hechos concretos de la filosofía política del peronismo expresan una persistencia histórica alimentada por una obstinación de lso sujetos que la protagonizan.
