
PRÓLOGO
Esto es un libro con pretenciones desmedidas: historiar e interpretar al peronismo. No podemos seguir sin hacerlo. El peronismo sigue y hay que seguirlo de cerca. O retroceder y tomarle distancia. Tratarlo con frialdad. Como a un objeto de estudio, arisco y feroz. Lleno de sonido y de furia. Diferente, esquivo, no único pero sin duda específico. Priva en él más la diferencia que el paralelismo con otros partidos de otros países. No es varguismo. Todavía no es el PRI. No es -aunque tanto se empeñan en que lo sea- el fascismo. Hay grandeza y profundas miserias en el peronismo. Hay demasiados muertos. Hay un plus de historicidad. Hay una historia desbocada. Hay líderes (sobre todo uno), hay mártires (sobre todo una), hay obsecuentes, alcahuetes, hay resistentes sindicales, escritores combativos, está Walsh, Ortega Peña, está Marechal, están Urondo y Gelman, están asesinos como Osinde y Brito Lima, fierreros sin retorno como Firmenich, doble agente, traidor, jefe lejano del riesgo, del lugar de la batalla, jefe que manda a los suyos a la muerte y él se queda afuera entre uniformes patéticos copiados de los milicos del genocidio con los que por fin se identifica, hay pibes llenos de ideales, hay más de cien desaparecidos en el Nacional de Buenos Aires, está Haroldo Conti, muerto, Héctor Germán Osterheld, muerto, Roberto Carri, muerto, y hasta Aramburu, muerto, está la opacidad de una historia de opacidades, de odios, venganzas, horrores, está la OAS, Henry Kissinger, el comisario Villar, formado en la Escuela de las Américas, cana puesto y avalado por Perón, el gran indescifrable, el Padre Eterno, el ajedrecista genial, el que volvería en el avión negro y volvió viejo y volvió malo, y le dió manija a López rega, de cuya paranoia asesina no podía decirse inocente, porque nadie desconoce lo que tiene tan cerca, y si a eso que tan cerca tiene le da espacio y le deja las armas, y encima se muere y sabe que se muere y lo deja fuerte, consolidado, porque de cabo lo ascendió, en acto macabro y doloroso, a comisario general de la policía, y si a la mediocre y manipulable y matarife del cabarulete la deja de vice, sabiendo, como sabía, que ella no era ella, que Daniel, el Brujo umbandista, la dominaba, le susurarba los discursos porque era él el que los había escrito, porque era él el que había de ponerle las listas, el que habría de decirle hay que matar a este, Chabela, y a éste y a todos los infiltrados marxistas de la juventud y a los combatientes de la guerrilla, hay que dar palo porque el quebracho es duro, y si a esto, al Viejo General, le deteriorara el prestigio, le erosionaba el recuerdo, la memoria de los mejores años, de los años felices, del 53% del Producto Bruto Interno para los pobres, de las nacionalizaciones , del artículo 40, del Pulqui, del Estado generodo, del Bienestar estatal, del keynesianismo desbordante, de los sindicatos , de los abogados de los sindicatos, del Estatuto del Peón, de las vacaciones pagas, de la entrega de Evita hasta el aliento postrero, mala suerte general, usted se la buscó, vino y no tenía salud para venir, al ajedrez se juega de afuera, en política al menos, el Mago para ser Mago de la Historia para ser Mito y Esperanza tiene que estar lejos, manejar los hilos desde la distancia, desde arriba, manejar las contradicciones sin ser una de ellas, pero si el Mito se historiza, ya no maneja las contradicciones, él, ahora es una más y tiene que tomar partido, y la historia se lo come, mito que regresa pierde porque ya no puede ser mito, el avión negro regresó y llegó entre el estruendo de las balas y los gritos de los muertos y los torturados y aterrizó en Morón, lejos del pueblo, en medio de los asesinos, de los franceses de las OAS, de los pretorianos que afilaban sus cuchillos para una de las noches más negras de la Argentina, que si no fue la más negra se debió a la que vino después, a la de los militares de la Seguridad Nacional, que encontraron el terreno fértil, las víctimas fáciles, los perejiles abandonados y sofocados por el miedo, y se dieron todos los gustos, pusieron a los Martínez de Hoz, a los Walter Klein, a los Juan Alemann, a los que exigieron a fondo la limpieza para aplicar el plan que tenían, el de las privatizaciones, el del Imperio, el de la Escuela de Chicago, el de Milton Friedman y el del ingeniero Alsogaray y ni por asomo el de Keynes, y el país fue una timba y se llenó de argentinos del deme dos, y la ESMA fue un infierno que nadie, ni en su peor pesadilla, pudo prever, y ahí torturaron, empalaron, violaron mujeres, torturaron niños frente a sus padres, quemaron vivos a pobres pibes que sólo habían alfabetizado en una villa miseria o que en un pizarrón indefenso enseñaron el vocabulario a niños ignorantes que siguieron así, ignorantes, porque sus púberes maestros se fueron de la noche a la mañana, se fueron para no volver jamás, y esos vuelos y esos sacerdotes que bendecían a los asesínos, y les decían hijo mío cumples con la Patria, Dios te absolverá porque tu tarea es purificadora, el Evangelio está contigo porque está con quienes hacen justicia aunque, a veces, la justicia, que es ciega, se parezca al horror porque tiene que ser impiadosa para el triunfo del bien. Quién lo hubiera dicho. Aquí, en la Atenas del Plata encontrarlo a Trujillo multiplicado hasta el espanto.
¿Dónde quedó la Patria de los cincuenta? La que conquistó el corazón amargo de Discépolo. La que dió alegría. La que le hizo olvidar la tristeza y los barrios pobres de los tangos y elegir los umbrales, porque en ellos estaban los novios, el portland porque por ahí caminaban felices los postergados de siempre, la abundancia, la comida y el chamamé de la buena digestión, la patria de los cincuenta quedó lejos, el peronismo se alejó del peronismo, y lo mató a Troxler a quien ni los centuriones de los basurales de José León Suerez supieron hacerlo, y lo mató a Atilio López con más de ochenta balazos, y a Silvio Frondizi y al Padre Mujica, y a Rodolfo Ortega Peña, en una noche cruel, en una emboscada sórdida, tán sórdida e inesperada que Rodolfo, al caer moribundo, alcanzó a decirle a su compañeta la frase del asombro, de la incredulidad, del final: "¿Qué pasa, flaca?"
Eso, qué pasa. Qué pasó. Qué pasará. Porqué esta historia sigue. Y contarla es aceptar el desafío de los cósmico. Lo inabarcable. Lo infinitamente contradictorio. Una totalidad que no deja de destotalizarse y retotalizarse. De ganar un sentido y perderlo y engendrar -de pronto, entre alucinaciones- diez, quince, treinta sentidos. No digo que el peronismo sea incomprensible. Sólo digo que comprenderlo "en totalidad" es una tarea gigantesca, desaforada.
Hacia ella vamos.
Esto es un libro con pretenciones desmedidas: historiar e interpretar al peronismo. No podemos seguir sin hacerlo. El peronismo sigue y hay que seguirlo de cerca. O retroceder y tomarle distancia. Tratarlo con frialdad. Como a un objeto de estudio, arisco y feroz. Lleno de sonido y de furia. Diferente, esquivo, no único pero sin duda específico. Priva en él más la diferencia que el paralelismo con otros partidos de otros países. No es varguismo. Todavía no es el PRI. No es -aunque tanto se empeñan en que lo sea- el fascismo. Hay grandeza y profundas miserias en el peronismo. Hay demasiados muertos. Hay un plus de historicidad. Hay una historia desbocada. Hay líderes (sobre todo uno), hay mártires (sobre todo una), hay obsecuentes, alcahuetes, hay resistentes sindicales, escritores combativos, está Walsh, Ortega Peña, está Marechal, están Urondo y Gelman, están asesinos como Osinde y Brito Lima, fierreros sin retorno como Firmenich, doble agente, traidor, jefe lejano del riesgo, del lugar de la batalla, jefe que manda a los suyos a la muerte y él se queda afuera entre uniformes patéticos copiados de los milicos del genocidio con los que por fin se identifica, hay pibes llenos de ideales, hay más de cien desaparecidos en el Nacional de Buenos Aires, está Haroldo Conti, muerto, Héctor Germán Osterheld, muerto, Roberto Carri, muerto, y hasta Aramburu, muerto, está la opacidad de una historia de opacidades, de odios, venganzas, horrores, está la OAS, Henry Kissinger, el comisario Villar, formado en la Escuela de las Américas, cana puesto y avalado por Perón, el gran indescifrable, el Padre Eterno, el ajedrecista genial, el que volvería en el avión negro y volvió viejo y volvió malo, y le dió manija a López rega, de cuya paranoia asesina no podía decirse inocente, porque nadie desconoce lo que tiene tan cerca, y si a eso que tan cerca tiene le da espacio y le deja las armas, y encima se muere y sabe que se muere y lo deja fuerte, consolidado, porque de cabo lo ascendió, en acto macabro y doloroso, a comisario general de la policía, y si a la mediocre y manipulable y matarife del cabarulete la deja de vice, sabiendo, como sabía, que ella no era ella, que Daniel, el Brujo umbandista, la dominaba, le susurarba los discursos porque era él el que los había escrito, porque era él el que había de ponerle las listas, el que habría de decirle hay que matar a este, Chabela, y a éste y a todos los infiltrados marxistas de la juventud y a los combatientes de la guerrilla, hay que dar palo porque el quebracho es duro, y si a esto, al Viejo General, le deteriorara el prestigio, le erosionaba el recuerdo, la memoria de los mejores años, de los años felices, del 53% del Producto Bruto Interno para los pobres, de las nacionalizaciones , del artículo 40, del Pulqui, del Estado generodo, del Bienestar estatal, del keynesianismo desbordante, de los sindicatos , de los abogados de los sindicatos, del Estatuto del Peón, de las vacaciones pagas, de la entrega de Evita hasta el aliento postrero, mala suerte general, usted se la buscó, vino y no tenía salud para venir, al ajedrez se juega de afuera, en política al menos, el Mago para ser Mago de la Historia para ser Mito y Esperanza tiene que estar lejos, manejar los hilos desde la distancia, desde arriba, manejar las contradicciones sin ser una de ellas, pero si el Mito se historiza, ya no maneja las contradicciones, él, ahora es una más y tiene que tomar partido, y la historia se lo come, mito que regresa pierde porque ya no puede ser mito, el avión negro regresó y llegó entre el estruendo de las balas y los gritos de los muertos y los torturados y aterrizó en Morón, lejos del pueblo, en medio de los asesinos, de los franceses de las OAS, de los pretorianos que afilaban sus cuchillos para una de las noches más negras de la Argentina, que si no fue la más negra se debió a la que vino después, a la de los militares de la Seguridad Nacional, que encontraron el terreno fértil, las víctimas fáciles, los perejiles abandonados y sofocados por el miedo, y se dieron todos los gustos, pusieron a los Martínez de Hoz, a los Walter Klein, a los Juan Alemann, a los que exigieron a fondo la limpieza para aplicar el plan que tenían, el de las privatizaciones, el del Imperio, el de la Escuela de Chicago, el de Milton Friedman y el del ingeniero Alsogaray y ni por asomo el de Keynes, y el país fue una timba y se llenó de argentinos del deme dos, y la ESMA fue un infierno que nadie, ni en su peor pesadilla, pudo prever, y ahí torturaron, empalaron, violaron mujeres, torturaron niños frente a sus padres, quemaron vivos a pobres pibes que sólo habían alfabetizado en una villa miseria o que en un pizarrón indefenso enseñaron el vocabulario a niños ignorantes que siguieron así, ignorantes, porque sus púberes maestros se fueron de la noche a la mañana, se fueron para no volver jamás, y esos vuelos y esos sacerdotes que bendecían a los asesínos, y les decían hijo mío cumples con la Patria, Dios te absolverá porque tu tarea es purificadora, el Evangelio está contigo porque está con quienes hacen justicia aunque, a veces, la justicia, que es ciega, se parezca al horror porque tiene que ser impiadosa para el triunfo del bien. Quién lo hubiera dicho. Aquí, en la Atenas del Plata encontrarlo a Trujillo multiplicado hasta el espanto.
¿Dónde quedó la Patria de los cincuenta? La que conquistó el corazón amargo de Discépolo. La que dió alegría. La que le hizo olvidar la tristeza y los barrios pobres de los tangos y elegir los umbrales, porque en ellos estaban los novios, el portland porque por ahí caminaban felices los postergados de siempre, la abundancia, la comida y el chamamé de la buena digestión, la patria de los cincuenta quedó lejos, el peronismo se alejó del peronismo, y lo mató a Troxler a quien ni los centuriones de los basurales de José León Suerez supieron hacerlo, y lo mató a Atilio López con más de ochenta balazos, y a Silvio Frondizi y al Padre Mujica, y a Rodolfo Ortega Peña, en una noche cruel, en una emboscada sórdida, tán sórdida e inesperada que Rodolfo, al caer moribundo, alcanzó a decirle a su compañeta la frase del asombro, de la incredulidad, del final: "¿Qué pasa, flaca?"
Eso, qué pasa. Qué pasó. Qué pasará. Porqué esta historia sigue. Y contarla es aceptar el desafío de los cósmico. Lo inabarcable. Lo infinitamente contradictorio. Una totalidad que no deja de destotalizarse y retotalizarse. De ganar un sentido y perderlo y engendrar -de pronto, entre alucinaciones- diez, quince, treinta sentidos. No digo que el peronismo sea incomprensible. Sólo digo que comprenderlo "en totalidad" es una tarea gigantesca, desaforada.
Hacia ella vamos.
