martes, octubre 16, 2007

Libro "razón y revolución" Ejemplo del desarrollo dialéctico de las fuerzas productivas: no siempre la burguesía fué retrógrada, nihilista y frívola

Contrariamente a los prejuicios del idealismo filosófico, la conciencia humana en general es extraordinariamente conservadora y siempre tiende a ir por detrás del desarrollo de la sociedad, la tecnología y las fuerzas productivas. El hábito, la rutina y la tradición, como decía Marx, pesan como una losa sobre las mentes de los hombres y las mujeres, quienes, en períodos históricos "normales" y por instinto de conservación, se agarran con obstinación a los senderos bien conocidos, cuyas raíces se hallan en un pasado remoto de la especie humana. Sólo en períodos excepcionales de la historia, cuando el orden social y moral empieza a resquebrajarse bajo el impacto de presiones intolerables, la mayoría de la gente comienza a cuestionar el mundo en que ha nacido y a dudar de las creencias y los prejuicios de toda la vida.
Así fue la época del nacimiento del capitalismo, anunciado en Europa por un gran despertar cultural y la regeneración espiritual, tras una larga hibernación bajo el feudalismo. En el período de su ascenso histórico, la burguesía desempeñó un papel altamente progresista, no sólo en el desarrollo de las fuerzas productivas, que sirvió para aumentar enormemente el poderío del hombre sobre la naturaleza, sino también en la potenciación de la ciencia, la cultura y el conocimiento humano en general. Lutero, Michelangelo, Leonardo, Durero, Bacon, Kepler, Galileo y un sinfín de pioneros de la civilización brillan como una galaxia que ilumina el avance de la cultura humana y la ciencia, fruto de la Reforma y del Renacimiento. Sin embargo, períodos revolucionarios como éste no nacen sin traumas —la lucha de lo nuevo contra lo viejo, de lo vivo contra lo muerto, del futuro contra el pasado—. El ascenso de la burguesía en Italia, Holanda y más tarde en Francia fue acompañado por un florecimiento extraordinario de la cultura, el arte y la ciencia. Habría que volver la mirada hacia la Atenas clásica para encontrar un precedente. Sobre todo en aquellas tierras donde la revolución burguesa triunfó en los siglos XVII y XVIII, el desarrollo de las fuerzas productivas y la tecnología se vio acompañado por un desarrollo paralelo de la ciencia y del pensamiento que minó de una forma decisiva el dominio ideológico de la Iglesia. En Francia, el país clásico de la revolución burguesa en su expresión política, la burguesía llevó a cabo su revolución en 1789-93, bajo la bandera de la Razón. Mucho antes de derribar las formidables murallas de la Bastilla, era menester destruir las murallas invisibles pero no menos formidables de la superstición religiosa en las mentes de los hombres y las mujeres. En su juventud revolucionaria la burguesía francesa era racionalista y atea. Sólo después de haberse instalado en el poder aquellos que ostentaban la propiedad, al verse enfrentados con una nueva clase revolucionaria, se apresuraron a tirar por la borda el bagaje ideológico de su juventud.

Esto no es una elegía, ni es un romance ni un verso