
Un sistema social en estado de declive irreversible se expresa en decadencia cultural. Esto se refleja de diversas formas. Se está extendiendo un ambiente general de ansiedad y pesimismo de cara al futuro, especialmente entre la intelligentsia. Aquellos que ayer hablaban llenos de confianza sobre la inevitabilidad de la evolución y el progreso humanos, ahora sólo ven oscuridad e incertidumbre. El siglo XX se acerca a su final habiendo sido testigo de dos guerras mundiales terribles, del colapso económico y de la pesadilla del fascismo en el período de entreguerras. Esto ya supuso una seria advertencia de que la fase progresista del capitalismo había terminado.

La crisis del capitalismo impregna todos los niveles de la vida. No es simplemente un fenómeno económico. Al igual que el ejemplo de la decadencia romana, la crisis del sistema capitalista se vé ante todo en el altísimo nivel de frivolidad, y en el hedonismo como forma de vida. En las clases medias y altas abunda la drogadicción, el nihilismo generalizado y la indiferencia al sufrimiento de otros, por no mencionar la desintegración progresiva de la familia (burguesa), la crisis de la moralidad y de la cultura. ¿Cómo podría ser de otra manera? Uno de los síntomas de un sistema social en crisis es que la clase dominante intuye cada vez más que es un freno al desarrollo de la sociedad.

Marx señaló que las ideas dominantes de una sociedad son las ideas de la clase dominante. La burguesía, en su época de esplendor, no sólo jugó un papel progresista haciendo avanzar las fronteras del conocimiento, sino que era plenamente consciente de ese hecho. Ahora, los estrategas del capital están saturados de pesimismo. Son los representantes de un sistema que ya no tiene nada para dar y que retrasa, detiene, el avance que una vez, sus pensadores más brillantes alentaron. Esta contradicción dialéctica es el factor decisivo que pone su sello para entender el pensamiento actual de la burguesía.
